En las ciudades medievales los prostíbulos solían situarse extramuros, y frente a lo que ocurrió en épocas más cercanas a nosotros, las autoridades se preocupaban por mantener unas mínimas condiciones higiénicas y de salud. Por este motivo solían enviar médicos cada semana para tratar a las prostitutas y evitar la propagación de enfermedades, sobre todo de transmisión sexual. Sabemos que algunas ciudades obligaban a las prostitutas a vestir de forma diferenciada o con una especie de distintivo, como una cinta roja sobre la cabeza o con mantillas cortas. En Florencia, por poner un ejemplo, las meretrices llevaban guantes y pequeñas campanas en sus sombreros.
Algunos prostíbulos de la Europa cristiana sobresalieron por sus dimensiones; es el caso del de Valencia, una de las más grandes ciudades de la España del siglo XIV, que contaba con unos 80.000 habitantes y con una gran riqueza fruto de su floreciente comercio. A principios de este siglo XIV Jaime II ordenó construir un barrio fuera de la ciudad, cerca del puerto, conocido como la Pobla de Bernat de la Villa, en donde se concentraron todos los prostíbulos de Valencia, al igual que un gran número de tabernas, tiendas y hostales. Pronto la fama del barrio empezó a extenderse por toda la península ibérica, e incluso por el Mediterráneo. La Pobla fue uno de los lugares más concurridos de la ciudad, tanto que las más valoradas prostitutas lograron hacerse con una pequeña fortuna. Las casas donde ejercían su oficio eran de un solo piso, y estaban adornadas con flores y farolillos de colores. Muchas tenían en su interior un pequeño patio en donde, de vez en cuando, se celebraban fiestas muy «subiditas» de tono.
Según algunos textos de la época, como el del alemán H.Munzer, hombres y mujeres solían pasear hasta altas horas de la noche en un ambiente de relativa tranquilidad. También dice que las tiendas de comestibles estaban abiertas para satisfacer las necesidades de los muchos visitantes del barrio. Uno de los más insignes turistas que llegó a la Pobla, al menos de entre los pocos que dejó constancia de su visita, fue Antoine de Laling, el cronista de Felipe el Hermoso, quien aseguró haberse trasladado hasta el lugar después de cenar con varios caballeros de Valencia. Tras la típica excusa (decidió ir para no quedar en mal lugar ante sus acompañantes) empieza a describir el barrio, que el compara con un pequeño pueblo, rodeado por una muralla y con una sola puerta de acceso para tener un mejor control de los asistentes. Continúa diciendo que había tres o cuatro calles repletas de pequeñas casas en donde bellas muchachas deliciosamente ataviadas con trajes de terciopelo y seda ofrecían sus servicios. Para garantizar la seguridad, el consejo de la ciudad decidió levantar una horca justo al lado de la entrada del barrio, para colgar, sin ningún tipo de contemplaciones, a todos los malhechores que osasen interrumpir la tranquilidad de los clientes.
