La matanza de frailes de 1834

(Fragmento del artículo publicado en la revista Laus Deo 10)

Para entender la matanza de frailes es esencial situarla en el contexto de la época. Como bien sabemos, en 1833, la muerte del rey Fernando VII, provocó una grave crisis sucesoria. Su hija, Isabel II, fue proclamada reina bajo la regencia de su madre, María Cristina, lo que desencadenó la Primera Guerra Carlista. Los partidarios del infante Carlos, hermano del difunto rey, se opusieron a Isabel II y lucharon por el trono, enfrentando a carlistas (defensores del Antiguo Régimen y los valores de la vieja Cristiandad) y liberales (isabelinos). Al mismo tiempo que se sucedían estos acontecimientos, una devastadora epidemia de cólera se extendía por media Europa, llegando a España en 1834. La enfermedad, mal comprendida en su tiempo, provocó miedo y pánico entre la población. La combinación de estos factores creó un ambiente de tensión y desconfianza, exacerbado por las teorías conspirativas y la búsqueda de chivos expiatorios que al final se encontraron en la Iglesia, a la cual se pretendía destruir sin ningún tipo de miramientos. 

En julio de 1834, la situación en Madrid era particularmente tensa. El cólera estaba en su apogeo y la mortalidad aumentaba diariamente. En este clima de incertidumbre y temor, comenzaron a circular rumores de que los frailes eran responsables de la propagación del cólera, envenenando las fuentes de agua. Estos rumores, infundados pero poderosos, fueron suficientes para desencadenar la violencia. Llegamos, de esta manera, al 17 de julio de 1834, momento en el que estalló la furia popular. Multitudes enardecidas atacaron varios conventos, incluyendo los de San Francisco el Grande, Santo Tomás y San Isidro. Los frailes fueron brutalmente agredidos y muchos de ellos asesinados sin ningún tipo de compasión. Las cifras exactas varían según las fuentes, pero se estima que entre 70 y 100 frailes perdieron la vida en estos ataques.

La matanza de frailes de 1834 tuvo profundas repercusiones en la sociedad española. Desde el punto de vista político, el evento fue utilizado por los liberales para justificar, con ciertas dosis de hipocresía, la necesidad de reformas y la secularización, argumentando que la influencia del clero era perjudicial para la paz y el progreso del país. Hoy no cabe duda de que este fatal episodio aceleró la desamortización de Mendizábal en 1836, que consistió en la expropiación y venta de bienes eclesiásticos para financiar la guerra contra los carlistas y reducir el poder de la Iglesia. En el ámbito social, la matanza exacerbó las divisiones entre liberales y conservadores, contribuyendo a la polarización de la sociedad española. La brutalidad de los ataques y la injusticia de las acusaciones contra los frailes dejaron una marca imborrable en la memoria colectiva del país.

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