Ernst Schäfer. El Indiana Jones nazi

En 1936 el vanidoso Reichsführer, Heinrich Himmler, se reunía con el eminente aventurero Ernst Schäfer para ofrecerle la posibilidad de ponerse al frente de una nueva expedición que tenía como objetivo primordial encontrar las huellas primigenias de lo que siglos atrás había sido la raza aria. Con esta expedición, Himmler también pretendía dar validez científica a unas sorprendentes teorías como la de la Tierra Hueca, ligadas a las leyendas orientales de Agartha y Shambhala. Para este viaje, Schäfer contó con la ayuda de destacados miembros de la Orden Negra de las SS. Uno de ellos fue Bruno Beger, un convencido antropólogo nacionalsocialista imbuido de las tesis raciales del Tercer Reich, o dicho de otra manera: un individuo ofuscado con la búsqueda de los supervivientes más puros de los arios primigenios. Otro de sus acompañantes fue Kart Wienert, un prestigioso geofísico encargado de verificar la controvertida teoría de la Cosmogonía Glacial, pero también fueron Ernst Krause, entomólogo y fotógrafo, y su gran amigo Edmund Geer. 

El más increíble de los viajes subvencionados por la Ahnenerbe y sus acólitos de las SS estaba listo para comenzar. Pero para ello, sus integrantes se tuvieron que someter a un riguroso programa de preparación física y técnica, con la intención de poder sortear todos los peligros que a buen seguro se iban a encontrar en unas tierras apenas conocidas por el hombre europeo. Como en sus viajes anteriores, Schäfer tendría que superar, nuevamente, todo tipo de pruebas. Una de ellas fue el rigor de un medio inhóspito al que ninguno de sus hombres estaba acostumbrado. Además, el equipo se vio envuelto en medio de terribles conflictos raciales y religiosos que a punto estuvieron de costarles la vida. 

Tras un largo trayecto, los exploradores llegaron a la India y allí comenzaron a ultimar los detalles para iniciar su marcha hacia las cumbres heladas del Himalaya. Un día, Schäfer recibió un telegrama enviado por la Indian Office, en el que se especificaba la autorización para trasladarse hasta la zona del Sikkim, pero las órdenes eran claras: de allí no deberían pasar. El Sikkim era una zona montañosa, bastante inaccesible pero, al menos, era una de las regiones consideradas como una puerta de acceso hacia el Tíbet. Había llegado el momento de poner a prueba las dotes investigadoras de los recién llegados occidentales, y el primero en ponerse en marcha fue el controvertido antropólogo Bruno Beger. Con una mezcla de curiosidad y de disimulado recelo, los autóctonos del lugar se fueron plegando a los caprichos de los alemanes. Con todo el equipo preparado, con las cámaras fotográficas esperando el momento de inmortalizar a los sujetos de estudio para sus imperecederas investigaciones, con los calibradores y aparatos de medición a punto, Beger comenzó a tomar medidas de unos individuos que ni siquiera podían comprender los motivos de tan extrañas pruebas. 

Mientras Berger hacía de las suyas, Schäfer inició una nueva investigación, orientada a tratar de descubrir qué había de cierto en esas antiguas creencias que hablaban de mundos subterráneos y de poderosos reyes con los que convenía sellar una alianza para, de esta manera, derrotar a las fuerzas del mal personificadas en el judaísmo internacional. Aquí, en Europa, la mayor parte de las corrientes ocultistas, de las que era fiel creyente el Reichsführer Heinrich Himmler, coincidían en afirmar que el lugar de origen de esos «superiores desconocidos» con los que era necesario contactar era precisamente la zona del Himalaya, y más concretamente el lago Lob Nor, al norte del Tíbet, en las proximidades del desierto del Gobi y al noroeste de China. En su destino, Schäfer pudo escuchar antiguas historias que le animaron a seguir adelante, recordándole unos conocimientos milenarios a los que había podido acceder al estudiar el pasado mítico de la nación alemana. Una y otra vez le contaron que, muchos siglos atrás, un enorme cataclismo acontecido en la región del Gobi obligó a los sabios de una antigua civilización, poseedores de conocimientos de tipo sobrenatural, a esconderse en una serie de fantásticas cuevas subterráneas situadas bajo las cumbres heladas del Himalaya. Allí se dividieron en dos grupos: el primero de ellos marchó por el «camino de la derecha» hasta alcanzar las tierras del reino de Agartha, mientras que el segundo siguió por el «camino de la izquierda» hasta la ciudad de Shambhala, ciudad de poder donde residían estos superiores desconocidos detentores de un poder extraordinario. 

(Fragmento de uno de los capítulos del libro: Los aventureros de Hitler) Haga click en la imagen

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