A lo largo de la historia del pueblo de Israel se fue gestando una profunda experiencia de relación con Dios, marcada por promesas, alianzas, leyes y profecías. Sin embargo, desde la perspectiva cristiana, todo ese largo proceso encuentra su sentido pleno en la figura de Jesús de Nazaret. Su vida, y especialmente lo que se conoce como su “misterio pascual” —su pasión, muerte y resurrección—, constituye el centro y culmen de la historia de la salvación.
Cuando Jesús inicia su predicación con la frase “se ha cumplido el tiempo, está cerca el Reino de Dios”, no está simplemente anunciando un mensaje más dentro de la tradición religiosa judía. Está proclamando que el momento esperado durante siglos ha llegado. Esa afirmación encierra una profunda carga teológica: el tiempo de la espera ha terminado y comienza una nueva etapa, definitiva, en la relación entre Dios y la humanidad. Desde esta perspectiva, toda la historia anterior —la que recoge el Antiguo Testamento— adquiere un nuevo significado. Las promesas hechas a los patriarcas, la liberación de Egipto, la entrega de la Ley, la predicación de los profetas y la esperanza mesiánica no son acontecimientos aislados, sino momentos de un proceso que converge en Jesús. En Él, todo alcanza su plenitud. Lo que antes aparecía como fragmentario o incompleto, ahora se comprende como preparación. Por eso, el cristianismo interpreta la historia de Israel como una auténtica “historia de salvación”, es decir, un camino guiado por Dios hacia un cumplimiento final. Este cumplimiento no es una idea abstracta ni un concepto, sino una persona concreta. Jesús se convierte así en la clave de interpretación de toda esa historia. Desde Él se relee el pasado, se entiende el presente y se proyecta el futuro.
Uno de los aspectos más significativos de esta culminación es la reinterpretación de la Ley. En la tradición judía, la Ley era el eje de la vida religiosa y moral. Sin embargo, en la perspectiva cristiana, la Ley adquiere un carácter pedagógico: ha servido para guiar al pueblo hacia Cristo. Con la llegada de Jesús, la relación con Dios ya no se basa principalmente en el cumplimiento externo de normas, sino en una transformación interior. Jesús presenta un mandamiento nuevo que resume y lleva a plenitud toda la Ley anterior: el mandamiento del amor. Amar a Dios y al prójimo se convierte en el núcleo de la vida moral. Fíjese el lector en que esta nueva orientación no elimina la Ley, sino que la lleva a su sentido más profundo. Ya no se trata solo de obedecer, sino de vivir desde el amor. Además, con Jesús se inaugura una nueva forma de revelación. En el Antiguo Testamento, Dios se manifestaba a través de profetas, signos y acontecimientos. Ahora Dios se revela de manera definitiva en su propio Hijo. Jesús no solo transmite un mensaje, sino que Él mismo es la revelación. En su persona se hace visible quién es Dios. Él es el mediador definitivo entre Dios y los seres humanos.
Otro elemento central es la idea de alianza. En la tradición bíblica, la relación entre Dios y su pueblo se expresa como una alianza, un pacto. Con Jesús se establece una nueva y definitiva alianza, sellada con su propia vida. Esta alianza ya no se escribe en tablas de piedra, como en el Sinaí, sino en el corazón de las personas. Esta interiorización de la relación con Dios supone un cambio profundo. La fe ya no es solo pertenencia a un pueblo o cumplimiento de unas normas, sino una transformación personal. El Espíritu Santo, entendido como la presencia activa de Dios en el interior del creyente, se convierte en el garante de esta nueva relación. Desde esta perspectiva, la historia de la salvación alcanza en Cristo su punto culminante. Él es el “fin” en el sentido de meta, pero también el principio de una nueva etapa. Por eso, en la tradición cristiana se le denomina el Alfa y la Omega, el principio y el fin de todo.
Esta culminación no significa, ni mucho menos, que todo lo anterior pierda valor. Al contrario, el Nuevo Testamento solo se entiende plenamente a la luz del Antiguo. Existe una continuidad profunda entre ambos, aunque también una novedad radical. El cristianismo se presenta como cumplimiento y superación a la vez. El llamado “misterio pascual” ocupa un lugar central en esta visión. No se trata solo de un episodio más en la vida de Jesús, sino del acontecimiento decisivo. En su muerte y resurrección se revela el sentido último de su misión: la salvación de la humanidad. La cruz, que podría interpretarse como fracaso, se convierte en signo de entrega y amor. La resurrección, por su parte, es vista como la confirmación definitiva de su identidad y de su mensaje. Desde este acontecimiento, toda la historia adquiere una nueva luz. El sufrimiento, la muerte y el mal no tienen la última palabra. La esperanza se convierte en un elemento esencial de la visión cristiana del mundo.
Los textos del Nuevo Testamento insisten en esta centralidad de Cristo. Se afirma que Dios, que en el pasado habló de muchas maneras, ahora lo ha hecho de forma definitiva a través de su Hijo. Jesús aparece como reflejo de la gloria divina y como quien sostiene el universo con su palabra. Estas expresiones subrayan su carácter único y su papel central en la historia. Asimismo, se presenta el mensaje cristiano como la revelación de un misterio que había permanecido oculto durante siglos. Este misterio, ahora manifestado, está destinado a todos los pueblos, no solo a Israel. Se abre así una dimensión universal de la salvación, por eso, repetimos, a Cristo, lo consideramos el Alfa y la Omega.