Nietzsche nació en Röcken, una pequeña aldea de Alemania, en 1844, en el seno de una familia profundamente religiosa. Hijo de un pastor luterano, el joven Friedrich perdió a su padre a los cinco años, hecho que marcó su infancia con una sensación de vacío espiritual que luego se transformaría en su gran tema de reflexión filosófica. Debemos reconocer que Nietzsche fue un estudiante brillante, tanto que después de cursar sus estudios universitarios en las universidades de Bonn y Leipzig, fue nombrado profesor en la prestigiosa Universidad de Basilea. Por desgracia para él, sus problemas de salud y los constantes trastornos psicológicos le obligaron a retirarse de la vida académica por lo que, muy a su pesar, se vio obligado a vivir de forma errante, siempre con la intención de aprovechar sus momentos de “lucidez” para escribir sus obras más importantes que tanta influencia tendrán en la historia de la filosofía contemporánea y en el pensamiento actual.
En El nacimiento de la tragedia, o en Así habló Zaratrusta, entre otras, expuso los puntos principales que definen su pensamiento: el nihilismo, la voluntad de poder, el ideal del superhombre y la “muerte de Dios”. De igual modo, anunció y promovió desde su reflexión filosófica el colapso del sistema de valores tradicionales que, hasta ese momento, había dado sentido a la existencia del hombre occidental.
Frente al intelectualismo hegeliano, su corriente vitalista nos presenta al hombre como “una realidad oscura y velada”. Influido por el darwinismo, defendió que el ser humano, movido por su voluntad de poder, debía evolucionar hasta alcanzar el estado de superhombre, aunque, para ello, tuviese que imponer su dominio sobre los más débiles. Por este motivo, el filósofo alemán resaltó la necesidad de recuperar la moral de los señores llamados a dominar a los inferiores. Esto implicaba terminar con el cristianismo y con una moral, según él, propia de los esclavos y los misericordiosos. Efectivamente, Nietzsche se consideraba un acérrimo enemigo del cristianismo, por lo que nunca disimuló su empeño de destruir cualquier tipo de principio relacionado con el mensaje evangélico: la piedad, la compasión, el amor o la humildad, para sustituirlos por el orgullo, la violencia, la guerra y los instintos. Siendo así, ¿cómo es posible que una antropología tan perversa tuviese tanta influencia tanto en tiempos pasados y que esté recuperando su protagonismo en nuestros días?
Probablemente porque, en las últimas décadas, el mundo occidental atraviesa una profunda crisis de valores. Las antiguas certezas —religiosas, morales y metafísicas— que durante siglos dieron sentido a la existencia se han debilitado. La ciencia moderna, el secularismo y el relativismo cultural han desplazado las verdades absolutas, dejando al ser humano frente a un vacío de sentido. Nietzsche describió este fenómeno con la célebre frase “Dios ha muerto”, no como una celebración, sino como un diagnóstico: las bases espirituales y morales de Occidente se han derrumbado, y con ellas la confianza en una verdad universal que guíe nuestras acciones. En un mundo donde todo parece relativo, la filosofía de Nietzsche, como también la de otros pensadores que trataron de alejar al hombre de Dios, está volviendo a recuperar parte de su influencia. Creemos que la obra del filósofo alemán debe ser entendida en el contexto espacio-temporal en la que fue escrita, pero, del mismo modo, consideramos necesario advertir, a pesar de las evidentes interpretaciones erróneas de su pensamiento, que en muy buena medida influyó en movimientos políticos y sociales que destacaron por su desprecio de la dignidad del hombre. Las consecuencias, ya lo sabemos, fueron desastrosas. En 1889 Nietzsche sufrió un colapso mental en Turín, del que nunca se recuperó. Pasó los últimos once años de su vida en estado de demencia, bajo el cuidado de su madre y su hermana. Murió en 1900, a los 55 años.